sábado, 14 de noviembre de 2015

EL CIRCO DE LOS SÁBADOS

En el 2005 me saqué por última vez la cédula, en uno de esos operativos que surgían constantemente, cuando Chávez le dio una identidad a las personas, a cambio de su voto. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué plenitud de la Revolución Bolivariana! Venezuela se podía dar el lujo de ser descuartizada por los gobernantes, sin que nos diéramos cuenta, sin que supusiéramos que sólo veíamos la punta de un iceberg, que luego terminaría flotando en lugares sin líquido, y ocultando su parte más grande con risas, apretones de manos, y promesas más grandes que el mar donde pudo haber estado.
A diez años de aquel acontecimiento, y justamente diez días de haberse vencido el plazo de vida de mi identificación, surge de nuevo aquel circo que una vez me convenció de que las cosas podían ser mejor, de que nosotros los de abajo no éramos una huella dactilar, una firma y una elección, a diez años.
Como todo circo, sus toldos pueden verse a lo lejos, con pancartas y juegos de colores tan llamativos para los niños como para los adultos. Pero lastimosamente, los colores nuevos no cambian a los personajes, tampoco a los payasos, y mucho menos las atracciones. Resultó que la mujer barbuda estaba vieja y sin barba, que la gracia de los coloridos alegres que entran de a muchos en un pequeño carro se había apagado, que las mascotas habían subido de peso, y que el dueño ya no estaba para anunciar las atracciones principales... y quedaba, cuando mucho, una sombra de pueblo en pueblo, anunciando la buena nueva, que no era más que demostrarnos, que un chiste puede dar risa más de una década.
Hoy, a diez años de el tope de el último acontecimiento histórico más prominente que podemos recordar, sólo quedan los toldos, sólo queda el armazón, sólo queda el esqueleto de una idea que pudo ser, y que fue asesinada antes de nacer. Hoy, luego de mucho tiempo de haber vivido entre un iceberg que luego terminó por ser de mierda, por primera vez, desde que llegó ese circo, realmente he sentido lástima.

viernes, 22 de mayo de 2015

LA FONDA

Unas tres horas de trabajo habían sido dispuestas para aquél trabajo, una tras otra sin importar cuánto pudiera haber sido. Todo, con la única y silenciosa misión de volverme un asesino nado.
Primero, caminé cada árbol de naranjo de los que atrás, en el lugar de cagadero de las gallinas, transitan su larga y ruidosa vida de silencio. Le di la vuelta varias veces al lugar, las suficientes como para no recordar que en números se pueden clasificar los lugares, y que había estado en el mismo lugar, varias veces. Luego, como de milagro, se acerca a mí un trozo de uno de los habitantes vegetales que con entusiasmo observaba, para parecer que era uno de ellos quien tenían las extremidades movibles, y no yo.
Y comenzó la tarea de mi vida, si, la que transcurre cuando no te das cuenta que ya habíamos nombrado al tiempo, y que no se dignaba a esperar, pero no tenía compasión para olvidar. Agarré mi trozo de metal pulido, y traumaticé al resto de seres que picaban el piso buscando rastros de algún retoño. No sé ni qué grosor pudo haber tenido, lo importante era que el mango entrara en mis manos, y que su forma pareciera mucho a una de las letras más violadas en uso de nuestro abecedario.
Despellejé de las hojas a aquel instrumento, y lo hice un trozo de madera servible, para luego arrancarle la piel, que asemejaba mucho a las costras que salen en los codos cuando la vejez ya es amigable. Y pulí entre mis manos el arma más contundente que hacia momentos después, desencadenaría la muerte de la evolución plasmada en plumas y alas.
Busqué de entre las ropas, abajo del escaparate de madera clara y poco trabajada en el que se encontraban los utensilios usados comúnmente para ocultar los pies, y le pude cortar, muy ligeramente lo que es normal para nosotros llamarlo lengua.
Tomé dos tirantes de liga, y los sujeté fuerte con guaral blanco porque el azul ya estaba destinado a otras cosas importantes y poco entendidas que surcaban los cielos en las tardes, haciendo muestra de su similitud con mi víctima, pero sin su destreza. Al cabo de remendar el pedazo de cuero entre las ligas, y las últimas a la horqueta, ya me había sentido el más nato diestro en la materia.
En segundo lugar, me fui a los alrededores, buscando rastro de vida alguno que pudiera quitar, para hacer uso de mi moderno artefacto de guerra. Y pude darme cuenta que mi meta era obstaculizada con la soledad que había dejado el bullicio que en un principio hizo esa realidad.
¿Qué es de la vida de un arma que no es utilizada?, ¿Puede tener sentido todo aquel esfuerzo, si el objetivo final no llega?, y tuve que abandonar el habitad que había visto nacer una poderosa fuerza de trabajo, o quizá voluntad, para buscar una presa que existiera y su muerte le doliera a nadie… no podía apedrear a una de las gallinas, me hubiesen escoñetado a golpes.
Como era de mañana, razón por la que no hacíamos volar zamuras, andábamos otros miembros de aquella osada expedición y mi persona, buscando un buen lugar en el cual satisfacer a un animal que las edades no han logrado olvidar, y que rara vez duerme en nosotros.
Como era de costumbre, mis compañeros y yo deambulábamos las fincas en kilómetros a la redonda, descalzos y sin comida en los estómagos, pero con las mentes llenas de un premio basado en muerte. Y fue cuando mi manada, adelantada un instante y con unas víctimas en la bolsa, se adelantan unos metros para husmear entre cualquier cosa que pudiera moverse entre el cielo y la tierra, para arrasar cuanto pudiéramos.
Cuando de repente, por obra de mis ancestros en esta materia, los que acompañaban la causa no lograron notar que una forma de color azul con un poco de morado, un pico alargado, alas más grandes que su cuerpo, un aleteo tan veloz que sería la envidia de los otros en el lugar, y una ansiedad de flores insaciable, se posó frente a unos escasos cuatro metros de distancia. La bestia alada, frotando sus patas en una rama de un árbol sin nombre porque no daba flores hermosas, se atrevía a mirar a los lados como si presumiera su belleza y poderío frente al resto de los caminantes del mundo, y fue en ese momento, cuando las horas destinadas al artefacto bélico, pudieron ser recompensadas con un tiro.
Minutos después, me arrepentía de no haber atinado al blanco correcto, que a pesar de los años, todavía me discuto, recordando que yo, sigo estando entre las víctimas.

¿Quién se cree merecedor de  alas, para alardearlas frente a los que caminan?