Unas tres horas de trabajo habían
sido dispuestas para aquél trabajo, una tras otra sin importar cuánto pudiera
haber sido. Todo, con la única y silenciosa misión de volverme un asesino nado.
Primero, caminé cada árbol de naranjo de los que atrás, en
el lugar de cagadero de las gallinas, transitan su larga y ruidosa vida de
silencio. Le di la vuelta varias veces al lugar, las suficientes como para no
recordar que en números se pueden clasificar los lugares, y que había estado en
el mismo lugar, varias veces. Luego, como de milagro, se acerca a mí un trozo
de uno de los habitantes vegetales que con entusiasmo observaba, para parecer
que era uno de ellos quien tenían las extremidades movibles, y no yo.
Y comenzó la tarea de mi vida, si, la que transcurre cuando
no te das cuenta que ya habíamos nombrado al tiempo, y que no se dignaba a
esperar, pero no tenía compasión para olvidar. Agarré mi trozo de metal pulido,
y traumaticé al resto de seres que picaban el piso buscando rastros de algún
retoño. No sé ni qué grosor pudo haber tenido, lo importante era que el mango
entrara en mis manos, y que su forma pareciera mucho a una de las letras más
violadas en uso de nuestro abecedario.
Despellejé de las hojas a aquel instrumento, y lo hice un
trozo de madera servible, para luego arrancarle la piel, que asemejaba mucho a
las costras que salen en los codos cuando la vejez ya es amigable. Y pulí entre
mis manos el arma más contundente que hacia momentos después, desencadenaría la
muerte de la evolución plasmada en plumas y alas.
Busqué de entre las ropas, abajo del escaparate de madera
clara y poco trabajada en el que se encontraban los utensilios usados
comúnmente para ocultar los pies, y le pude cortar, muy ligeramente lo que es
normal para nosotros llamarlo lengua.
Tomé dos tirantes de liga, y los sujeté fuerte con guaral
blanco porque el azul ya estaba destinado a otras cosas importantes y poco
entendidas que surcaban los cielos en las tardes, haciendo muestra de su
similitud con mi víctima, pero sin su destreza. Al cabo de remendar el pedazo
de cuero entre las ligas, y las últimas a la horqueta, ya me había sentido el
más nato diestro en la materia.
En segundo lugar, me fui a los alrededores, buscando rastro
de vida alguno que pudiera quitar, para hacer uso de mi moderno artefacto de
guerra. Y pude darme cuenta que mi meta era obstaculizada con la soledad que
había dejado el bullicio que en un principio hizo esa realidad.
¿Qué es de la vida de un arma que no es utilizada?, ¿Puede
tener sentido todo aquel esfuerzo, si el objetivo final no llega?, y tuve que
abandonar el habitad que había visto nacer una poderosa fuerza de trabajo, o
quizá voluntad, para buscar una presa que existiera y su muerte le doliera a
nadie… no podía apedrear a una de las gallinas, me hubiesen escoñetado a
golpes.
Como era de mañana, razón por la que no hacíamos volar zamuras,
andábamos otros miembros de aquella osada expedición y mi persona, buscando un
buen lugar en el cual satisfacer a un animal que las edades no han logrado
olvidar, y que rara vez duerme en nosotros.
Como era de costumbre, mis compañeros y yo deambulábamos las
fincas en kilómetros a la redonda, descalzos y sin comida en los estómagos,
pero con las mentes llenas de un premio basado en muerte. Y fue cuando mi
manada, adelantada un instante y con unas víctimas en la bolsa, se adelantan
unos metros para husmear entre cualquier cosa que pudiera moverse entre el
cielo y la tierra, para arrasar cuanto pudiéramos.
Cuando de repente, por obra de mis ancestros en esta
materia, los que acompañaban la causa no lograron notar que una forma de color azul
con un poco de morado, un pico alargado, alas más grandes que su cuerpo, un
aleteo tan veloz que sería la envidia de los otros en el lugar, y una ansiedad
de flores insaciable, se posó frente a unos escasos cuatro metros de distancia.
La bestia alada, frotando sus patas en una rama de un árbol sin nombre porque
no daba flores hermosas, se atrevía a mirar a los lados como si presumiera su
belleza y poderío frente al resto de los caminantes del mundo, y fue en ese
momento, cuando las horas destinadas al artefacto bélico, pudieron ser
recompensadas con un tiro.
Minutos después, me arrepentía de no haber atinado al blanco
correcto, que a pesar de los años, todavía me discuto, recordando que yo, sigo
estando entre las víctimas.
¿Quién se cree merecedor de alas, para alardearlas frente a los que
caminan?
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