lunes, 3 de febrero de 2014

Luego, el camino estaba servido.

Luego, el camino estaba servido como en otros tiempos, sucio e inhabitable, con inmensos tragos amargos que se tildaban de bochorno entre la maleza. Tarde era aquella primavera para salir, el reloj marcaba alguna de esas cifras absurdas de las que solo era necesario tener conciencia cuando se tenía prisa, o cuando se tenía miedo, aunque a veces también servía para emborracharse de angustia cuando se esperaba a alguien. Pareciera que los relojes hubieran sido inventados para torturar, para recordar la inutilidad de la felicidad debido a la limitada forma de poder perforar la inmortalidad, para traernos a la realidad, para bebernos en cada tic-tac.
Los horribles chillidos que las criaturas carentes de razón saboteaban cada paso hacia la nada, o quizá hacia el horizonte, ese lugar donde la nada se disimula entre la esperanza. Revoloteando de lado a lado, llevando mensajes de glorias para los que ignoraban la desdicha que les era imposible sufrir debido a su abandono, debido a su extraña forma de muerte. ¡Malditas aves!
Ciento cincuenta pasos en linea recta, tres a la derecha, luego unos 700 en la misma trayectoria. Aunque la cuenta no era exacta, servía de consuelo, aunque no era eso lo necesitado. Los ruidos se hacían intermitentes, se apreciaban luego de cada número, eso los hacía tolerables y en ocasiones agradables aunque su agrado acababa en cada sonrisa.
Luego, el camino estaba servido como en otros tiempos, sucio e inhabitable, con inmensos tragos amargos que se tildaban de bochorno entre la maleza. Y había que transitarlo, es necesario recorrerlo pues es obligatorio llegar a algún lado, los extremos son menos tenues que el camino.
El ruido no cesa, aunque ya las manchas de las pisadas hayan desaparecido de los asfaltos y se puedan contar las lineas, o no pisarlas o si se está de ánimo, saltarlas, cualquier cosa que no sea contar las pisadas. Si los números dieran sabor a parte de seguridad, los relojes no se hicieran con tanto esmero. Dejemos de hablar de mi, háblame de ti, decía, como si alguien pudiera escuchar las súplicas de cualquiera que en su interior tuviera tantos disturbios como pisadas en la nada.
Una leve imagen se acerca, entretenido entre sus ideas echa una mirada sin foco entre la multitud ruidosa, sin premio alguno la sonrisa llega al punto máximo y se apaga entre el murmullo de cuestiones más importantes que los ruidos ajenos, y se pierde más allá del suelo que a parte de pisar, no logró comprender. Se esfumó, se perdió, se sintió agobiado entre la muchedumbre y decidió ir en busca de la paz que no existía donde buscaba.
No es necesario describir lo que se siente, ni siquiera entenderlo, su mirada nos ha dicho lo que en nuestros huesos se nos es imposible percibir, se nos ha adelantado en unos cuantos miles de pasos y apenas se saborea la fatua amargura. ¿Cuántos pasos son necesarios para huir de la realidad?, bueno, eso depende mucho de cuán cerca la hayas percibido y qué tan coqueta se te haya presentado, hay que admitir en cada palabra que su belleza es insípida, su ternura dolorosa, su consuelo desolador y entre las ruinas solo deja cenizas.
Luego, el camino estaba servido como en otros tiempos, sucio e inhabitable, con inmensos tragos amargos que se tildaban de bochorno entre la maleza. Y luego, el camino estaba servido...

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