Desconceptualizados frente al entramado histórico, nos desconectamos no solo de nuestra propia historia, sino que fue sumada la desconexión a la historia del hombre, y en medio de este hecho deslumbrante, estamos indefensos. Ya no se trata de formar una idea general de las cosas, sino de formar una idea, de escapar de las ideologías que salpican sobre la muchedumbre la ansia de ejercicio de poder de forma autoritaria, estamos indefensos. Frente a la cátedra de Historia, la parcelamos, y desde nuestra parcela vimos romperse la estructura, y en medio del alboroto, callamos.
El venezolano heredó la esclavitud religiosa, y como parte de tregua se entregó a la sumisión política, como parte del rapto que cada sistema ideológico hace con la masa y el individuo. Y es justo ese mismo entramado histórico que nos grita a la distancia de la esquina que se debe estar tan lejos que no se diferencie la nariz de Cleopatra, el que amordazamos en descontento con nuestra propia obediencia, porque huir se volvió en todo caso y sin reconocer la propia fuerza, el único camino.
El imperio de los hombres nunca fue nuestro imperio, y el imperio de la ley fue destruido en protesta a la docilidad, quedando sin una patria nuestra que nos ampare, quedando a la merced de quienes en ganancia, nos han devorado. Somos el resultado de los poemas que nunca se pronunciaron, de las cartas que se extraviaron, de una independencia que sólo se firmó.
Venezuela, en su memoria atemporal, hace del Síndrome de Estocolmo un trofeo, y de la decadencia de este un sinónimo de lucha, dejando claro que la realidad puede y podrá regurgitar a las generaciones futuras, porque aquel papel donde se dejó la firma plasmada, no se trató de libertad.
Se nos depara un futuro inmutable e incoloro, el mismo que en el pasado, definió este presente.
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