Cuando se habla de que Venezuela es uno de los países más violentos del mundo, siempre se ignora la violencia como significante, y se deja la puerta abierta sólo a la violencia como significado. Esto, de forma resumida, dice que las palabras no pueden dañar, aún cuando nuestra parcela de lenguaje tiene una variedad inmensa de términos peyorativos con el cual determinar cada situación, por lo que no es necesario haberse estudiado los cursos de lingüística general de Saussure para encontrarse con que nuestro día a día está sumergido en la pura y mera transgresión al otro.
La decadencia de una nación podría medirse, en un porcentaje amplio, en la calidad y calidez con la que los ciudadanos se manifiestan en el mundo, en la forma en la que se plantan frente a la distancia que los demás les son al pertenecer al conjunto de los que existen en menos medida o ninguna, dejando al descubierto que el infierno ya no son los otros, sino que lo llevamos dentro. Si, Venezuela es un país violento en formas ininteligibles, donde cualquier medio de comunicación humano termina en la manifestación de la desquicia, del desagrado, la incompletitud, la falta... el doble sentido es sinónimo de atropello, aún cuando lo encubra un chiste.
El lenguaje es la extensión que pretende en mayor medida, la pulcritud de la imaginación proyectada a la realidad, de esta surge la forma como referente, y de allí, la ideología que nos predomina. Entonces, bajo la duda que la opinión deja correr, dejo a manera de diálogo silencioso la pregunta que el lector, invisible a este hecho deba generarse; ¿puede un modelo sociopolítico alentar la violencia?...
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