Frente a los muchos rostros de la cotidianidad, se esfuman las opciones en un lamento que se extravía en el camino, dejando la posibilidad fuera, siendo un remoto entorno. Como a aquella relación fallida a la que no se le ha dado tiempo de sanar, el venezolano se encorva entre hombros frente al presente, y sin mediar se entrega al discurso de turno, que desde siempre se ha mantenido, posponiendo otra vez la consciencia en un caída perenne. Decir que, la vulgaridad es la causante de un eterno retorno, sería tan osado como asumir que de forma estricta, la humanidad está condenada al sinsentido. Pero no se puede hablar en la voz de los otros, y mucho menos encajonar la idea a los muros de nuestros prejuicios, por lo que quien ignora no sólo es quien en laberinto vive, sino quien en un supuesto de audacia, crea estar fuera de este.
Cuando la verdad se transforma en una opción, la libertad pierde el carácter de valor impersonal, y forma parte del conjunto de estadios en los que encapsula el límite de la moralidad, dejando por fuera, necesariamente, al resto. Y se podría justificar invocando el Origen de las Especies, justificar que la ausencia de razones menos evidentes son un efecto y no una causa, dejar que las opciones se reduzcan a lo obvio, cayendo de nuevo en la norma, que desde las sombras, mata.
Si algo la historia puede enseñar, es que de los grandes pasos en ocasiones quedan grandes caídas, y que los atajos inadvertidos muchas veces llevan a la perdición, por lo que en el profundo foso en el que nos ha metido el peligroso culto a la personalidad que nos predomina, la salvación no puede de nuevo, por vez ya innumerable, caer del cielo. El venezolano deberá enfrentar la terrible sensación de la soledad que nos acecha, y deberá encontrar las fuerzas, que hoy se sumergen en la desidia, para darle un alto al encriptamiento de la pena, la culpa, la falta y el deseo. El venezolano debe, necesariamente, rebelarse, rebelarse contra el venezolano, y esta vez no habrá nombre ajeno que lo salve, será el camino mismo quien lo dicte, será dentro de él que encuentre ese mismo enemigo que tanto le da caza.
Asumir la responsabilidad, que podría significar la muerte, es un riesgo que vale la pena en cuanto la vida valga la pena ser vivida, por lo que habrá que soltar las riendas de lo social que nos gobierna, para encontrar la paz que tanto se anhela, para acabar con un duelo autoimpuesto, y asediar por vez última los indicios de ser mesiánico que se encuentran en lo más profundo de nuestra razón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario