jueves, 27 de julio de 2017
LAS GUARIMBAS
Cómo comenzar una observación, me pregunto en silencio mientras hago un intento de conteo de las razones por las cuales no soy el más indicado para esto. Pero la palabra en ocasiones se dice a sí, y salta la barrera, siendo quien escribe un instrumento más de las cosas, deformadas, pero al fin y al cabo, de las cosas. Entonces en un malabar retórico de baja procedencia, transmito lo que los ojos por sí solos no pueden decir, y hago una hazaña de la podredumbre de la vivencia.
Un país, compuesto en su extensión, tendrá a lo sumo un título, que vendrá dado por la forma misma, la idiosincrasia que la cultura transforma en individuos, y resumiendo en escombros, muchas veces, no termina por llamarse, y se salta la oscuridad para hacerse de la sombra del mismo, aunque estemos empeñados en llamarlo Venezuela. Eso es mi país, el que me habita, por azar u obra omnipotente, me identifico con las caras del mestizaje, con lo criollo de forma recia, y el folclore de corredores de caballos a razón flores y sonrisas de las ninfas típicas de la región. Así se forma Venezuela, con los pastos más salvajes de esa pequeña Venecia, justo en el centro de las vías del Viejo Mundo y la indomable Asia, atravesado entre el comercio de quienes esperaban huir de esa violencia que a tanta leña hubieron de atizar.
Pero no se vino a exaltar lo que los demás ya podrán comprobar por sus medios, se vino a decir lo que los mudos gritan con las manos y los ciegos mastican, se vino a conquistar de una forma u otra, la semiótica detrás de quien abrumado, ya no sabe qué decir. Si, se trata de los invisibles, los que los impuestos ignoran y la educación ha olvidado, los que no se fajan de chiquito porque nunca fueron gordos. Se vino a repetir lo que calla la agonía, se vino a alzar la voz en contra del discurso que transforma en victorias el hambre y la inanición en martirios divinos, se vino a ser el eco de quien en el barrio ya no puede más, se vino a mostrar la Venezuela que si te acercas ladra, y si te descuidas muerde.
Sin tiempo en el reloj, quien con estreñimiento vive no alcanza a pensar en el devenir, y se aísla en la cotidianidad representada en una sentencia; si no trabajo no como. Y no se asume más, vale su peso en oro, pero no del interlocutor, sino de los huesos y pellejos que en forma de ciclo constante se levanta cada mañana a echarle las bolas al asunto ese de seguir con vida, que se traduce en arepa con mantequilla y queso, y un vaso e´jugo si las circunstancias lo permiten. Es allí donde se alza la primera gran guarimba venezolana, en los cuerpos que con pieles muy pegadas se visten de ropa de otros tiempos, como si nunca les hubieran pertenecido, siendo así un recuerdo más que una persona, un legado hecho carne, o en su defecto, sin carne.
Una gran barricada que no ha sido tumbada se encuentra en la vergüenza de quienes entre frases austeras se masturban los ideales con la gloria pasada mientras las extremidades de palmípedos hurgan la basura, que de encontrarse en el camino de la suerte, será comestible y no ideológica. A esos mismos no los reprimen las balas, a esos no los amenaza una tanqueta, para esos, la represión tiene forma y nombre, muchos le llaman pobreza.
Estamos hablando de los mismos que mueren a falta de medicinas, de esos que en los hospitales no pueden pagar su estadía ni siquiera cuando pertenece a lo público, estamos convencidos de que nos referimos a los niños que sucios de realidad se humillan por un par de monedas. Son los invisibles, los que no aparecen en las estadísticas, los mismos que una vez Alí Primera reconocía y hoy es él mismo en la voz de otro quien los niega.
Es así como guarimbean los ficticios, manteniéndose con vida a pesar de que se empeñen en quitarles el trabajo de vida, a pesar de que cada vez valen menos. Si se quiere saber dónde están los verdaderos guarimberos, hay que pedirles que abran sus neveras. Si se quiere ver las verdaderas protestas, no parpadeen frente a los inexistentes.
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